La cara amable del bienestar animal

Vaca marrón en el prado

La mentira del bienestar animal

A diario nos encontramos con anuncios publicitarios de toda índole. Si bien los humanos acostumbramos a criticar supuestos casos de sexismo o racismo en la publicidad, no somos tan conscientes de cuándo nos venden una mentira (argumento falso usado adrede para engañar) a la cara para que el consumidor siga financiando un negocio aberrante. En el caso de la explotación animal, esa mentira reconfortante se llama «bienestar animal». Recomendamos visitar los enlaces que aparecen a lo largo del artículo para ahondar en argumentos y casos específicos.

El «bienestar animal», como ocurrió igualmente en la época con el «bienestar negro» se presenta con dulces palabras, una sonrisa ante las cámaras, caricias y elementos rimbombantes (música clásica, masajes, etc.) «en favor» del ganado o de otros animales. No hace mucho se vendía la imagen tranquilizadora de que los negros esclavos en plantaciones de azúcar vivían incluso mejor que la mayoría de los blancos. Eso comentaban nuestros antepasados tan alegremente. A tenor de que los humanos no suelen aprender de la historia o tan siquiera conocerla, hoy demasiados consumidores creen una vaca «viven bien» porque un supuesto ganadero la acaricia en un anuncio, entre innumerables ejemplos similares. Es para echarse las manos a la cabeza y preguntarle a la sociedad: ¿te gustaría a ti ser un esclavo bien tratado? ¿Qué crees que pensaban los esclavos humanos cuando se vendía esta imagen de ellos mismos en anuncios y periódicos de la época el siglo XVIII?

Los animales con quienes compartimos el planeta están subyugados por nuestra especie. Este hecho se evidencia en que los usamos como simples medios para nuestros fines, y en que los criamos y asesinamos (fabricar y destruir) como cualquier objeto creado por el ser humano. Entonces, partiendo desde la premisa palpable de que son criados y asesinados, ¿cómo cabe esperar en medio un «buen trato»? Es más, ¿cómo calza un trato ético con que finalmente terminen en el matadero? ¿Forma parte dicho destino final de una «ética humanitaria»?

Ignorancia voluntaria y fe en el bienestar de los esclavos

Resulta desolador que la sociedad general no quiere saber adónde va el dinero que paga. No quiere saber si éste va destinado a comprar o fabricar herramientas de tortura o asesinato, a encerrar, electrocutar o descuartizar individuos que querían seguir viviendo. Más lamentable, si cabe, es que muchos de los autodenominados «animalistas» auguran un posible trato justo en mitad de una flagrante desigualdad moral. Pensar que se puede respetar a un animal cuyo destino final es el matadero equivale a creer que, hace apenas dos siglos, los negros eran felices siendo esclavos que podían acabar en la horca por «mirar mal» a un blanco.

Becerro recién nacido

En el caso de los demás animales, poca gente considera que a ellos no les valen las caricias cuando su vida se basa en ser un producto de consumo cuya fecha de caducidad está marcada en una oreja desde el nacimiento.

No existe una igualdad práctica entre humanos y otros animales porque no existe una asunción de igualdad moral, es decir, es imposible que exista un trato igual de justo para un miembro ajeno a nuestra especie porque los humanos consideramos dogmáticamente que sólo los miembros de nuestra especie merecen consideración moral o sólo una consideración al mismo nivel. Este fenómeno, tan bien descrito por múltiples autores, es el especismo que lleva a la sociedad a pensar que los demás animales sean seres inferiores y que, por ende, nos es «igual» de malo asesinarlos a ellos que a cualquiera de nosotros. La analogía con el identitarismo racial (los argumentos colectivistas en que se basa la esclavitud humana) es evidente.

La esclavitud humana frente a la de otros animales

Comparar ambas formas de esclavitud no es un capricho de los veganos. El veganismo está basado en los mismos argumentos racionales que forjaron los Derechos Humanos, a saber, que tanto un humano como otro animal valora su vida, defiende su integridad y no quiere ser asesinado. En ambos casos se produce que grupos humanos con poder determinan que únicamente los miembros de su grupo tienen derechos. Todos los humanos, por el simple hecho de contar con unas altas habilidades cognitivas, podemos aprovecharnos de los demás animales. Sin embargo, si no consideramos justo abusar de otros humanos más débiles o con una deficiencia cognitiva, ¿por qué acaso va a estar bien aprovecharnos de ellos?

La empatía que motiva y alienta a multitud de animalistas debiera llevarlos a profundizar en las razones de por qué cometemos tales actos contra otros sujetos por pertenecer a una especie diferente. Cabe basarnos en nuestra propia sintiencia (sensibilidad) para ponernos en su situación y así comprender por qué merecen respeto en lugar de sólo «bienestar».

El «bienestar animal» es un paradigma engañoso que pretende mejorar la productividad e imagen pública de la explotación animal. 

Sólo cuando los seres humanos queramos entender y reconocer el valor de la vida en los demás animales, entonces habrá algún tipo de justicia práctica. El desconocimiento, la fe y la credulidad no son buenas conductas que permitan el progreso social en ningún sentido.

Dado que la práctica depende primero de la ética y ésta depende a su vez de los razonamientos lógicos, no cabe tampoco ese desprecio generalizado entre muchos presuntos activistas hacia la teoría vegana. Tal desprecio les nace a raíz de que quieren ejercer acciones para salvar vidas sin asumir primero la necesidad de formarse. Los animales esclavizados están desprotegidos por partida doble: quedan a merced de la industria y de activistas que quieren acabar con la injusticia que padecen las víctimas sin siquiera entender conceptos básicos ni conocer el origen de la explotación animal.

En consecuencia, nada puede cambiar si la sociedad continúa cerrando los ojos ante aquello que le disgusta o prefiere desconocer para calmar su conciencia ni mientras los animalistas, en su conjunto, no quieren informarse con el fin de respetar a todos los animales por igual y saber defenderlos con conocimiento de causa. Mientas esto suceda, la publicidad seguirá triunfando, dichos animales morirán entre cuatro paredes ensangrentadas y, para colmo, los consumidores valorarán un «estándar» de bienestar animal que no aceptarían para sus propias personas ni en la peor de sus pesadillas.